Isabel Sophia Zuluaga Cardona.
Memorias Robadas.
Estaba asustada. Toda mi felicidad pasaba ante mis ojos. Mi madre, que estaba en coma, no se curaría; entonces pensé: «Tengo que recuperar mi invento».
Cuando era pequeña, mi madre y mi padre solían contarme historias sobre inventos. Desde entonces me gusta crear cosas, aunque no suelo hacerlo desde que mi padre murió. Después de aquella tragedia, mi madre, sumida en la tristeza, tuvo un grave accidente en la cabeza que le provocó la pérdida de la memoria. Esto no le permitía recordar nada, ni siquiera a mí, que en ese momento tenía quince años.
Fue un gran golpe en mi vida. Me sentía sola y con miedo a perder a mi madre. Temía a la soledad, y la única persona en quien podía confiar era en mi amigo Pablo, quien compartía mi misma pasión por inventar.
Pero un día, una idea despertó en mi mente. Era un invento; tal vez la solución. Me puse a trabajar y, efectivamente, tenía razón: el invento era increíble. Básicamente, se trataba de un chip que guardaba la memoria de los demás. Sin embargo, cuando lo lancé al mercado, alguien ya sabía de él; y ese alguien no era Pablo.
Resulta que quien me había estado observando era Alexander, un programador y hacker que robaba inventos ajenos. Lo que yo no sabía era que yo sería su próxima víctima. Después de lanzar el invento, me llegaron muchos mensajes a mi computadora con números extraños. Parecía una fecha. El mensaje decía: «24 de noviembre, prepárate».
No le di importancia, pero ese día mi computadora dejó de funcionar y mi invento, que estaba guardado allí, desapareció. Asustada, revisé mi celular para ver la fecha y, al verla, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Era 24 de noviembre. «El mensaje tenía razón», pensé.
Estaba devastada. Todo mi trabajo se había ido, pero algo en mí seguía brillando: la esperanza. Entonces recordé las palabras de mi padre: «La esperanza es la virtud más grande para creer en ti misma. Nunca pierdas la esperanza, querida Margoth».
Tras recordarlo, tomé mi teléfono y llamé a Pablo:
—Pablo, necesito tu ayuda. Alguien, un hacker, robó mi invento.
—Margoth, son las diez de la noche. ¿Qué te hace creer que iré? —respondió él.
—Por favor, es por mi madre. No te pediré nada más…
Después de eso, Pablo pasó por mí en su moto y fuimos a la universidad, ya que él dijo que podría intentar escanear el mensaje. Al llegar, intentó rastrear de dónde provenía, pero parecía estar bloqueado por alguien más.
Pasaron los días y el invento seguía vendiéndose, pero algo me preocupaba: ¿dónde o quién controlaba la memoria de los demás? Una noche fría, un mensaje en mi celular llamó mi atención: «Yo sé quién lo hizo».
Respondí de inmediato: «¿Quién eres? ¿Por qué me escribes?». Un nuevo mensaje apareció casi al instante: «Sé quién es, te puedo ayudar».
«Esta tal vez sea mi oportunidad», pensé, «necesito salvar lo que hice». Tomé la computadora vieja de papá y rastreé el mensaje. Provenía de una casa pequeña en un pueblo muy lejano. Llamé a Pablo para que me llevara.
Cuando llegamos, nos recibió un hombre. Vestía un buzo negro y estaba cubierto; lo único que se le veía eran unos ojos azules como el cielo. Entonces me dijo:
—Hola, Margoth. Sabía que vendrías. Siéntate, te contaré todo, pero quiero que sepas que mi vida puede estar en peligro.
Él me explicó que el responsable se llamaba Alexander, quien tenía una empresa y hacía casi imposible recuperar el invento. Sin embargo, se ofreció a ayudarme. Logró arreglar mi computadora y, de pronto, vi el proyecto aparecer con el nombre «Las memorias». Una sonrisa iluminó mi rostro.
Entonces, el hombre, que se llamaba Stefano, me dijo:
—Ya lo recuperaste, pero yo tal vez no logre sobrevivir. Alexander está loco y de seguro me hará daño cuando se entere. Me alegra haberte conocido, eres una gran persona. Nunca pierdas la esperanza.
Después de eso, nunca lo volví a ver.
Por Isabel Sophia Zuluaga Cardona (5.º A)
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